Al igual que
muchos de manera corriente he escuchado hablar de términos como igualdad, equidad, diversidad e inclusión dentro de la retórica relacionada al ámbito de la
Educación Especial; o en boca de mis buenos amigos socialistas. Términos que en un comienzo me han parecido más
bien una redundancia semántica debido a que muchas veces, por su inapropiada
utilización dentro de los círculos políticos o académicos, bastante mediocres en nuestro medio, daban la impresión
de referirse a la misma cosa. De hecho, todos estos conceptos confluyen en la
necesidad de desarrollar escuelas inclusivas eficaces, que acepten la
diversidad y aseguren la participación y el aprendizaje de todos los
estudiantes (Duk y Murillo, 2010), que parece ser al menos desde la retórica el
norte al que se dirigen los sistemas educativos latinoamericanos actuales. Lo
que es desconocido o al menos poco claro es el alcance que tienen cada uno de
estos conceptos y de qué manera se articulan, o deberían articularse, en el acto
educativo. Esto creo tiene gran importancia a la hora de definir políticas.
Me agrado muy
especialmente el artículo de Ricardo Hevia Rivas, publicado en la Revista Latinoamericana de Educación Inclusiva (Setiembre, 2010), por enfocar la temática desde
la perspectiva de los Derechos Humanos. Muchas veces pienso que si
comprendiéramos con suficiencia que la educación es un derecho humano
inalienable y no un acto de generosidad o un regalo del Estado, no
incurriríamos en las barbaridades a las que penosamente nos hemos acostumbrado
y las que hemos acostumbrado también a nuestros estudiantes, quienes ven
indefensos como quienes tienen más reciben a aún más y los que necesitan con
mayor urgencia del apoyo son continuamente marginados.
En tal
sentido, considero que es fundamental no perder de vista los tres principios
capitales en los que se basamenta el derecho a la educación: el de la igual
dignidad de todos los seres humanos, el de la no discriminación, y el de la
participación democrática (Hevia Rivas, 2010). Si tomamos en cuenta estos
principios, nos comprometemos con ellos y decidimos operativizarlos surge
espontáneamente la necesidad de una escuela mejor, una que garantice a todos y
a todas las mismas oportunidades para acceder, permanecer y participar de la
construcción del conocimiento alcanzando niveles de excelencia en establecimientos
educativos que para no convertirse en reproductores a escala de las
desigualdades sociales se apliquen a la
tarea de reducir los efectos de las asimetrías de origen que pueda haber entre
la población estudiantil, sus familias, su bagaje cultural, etc. En suma, una
escuela que este en condiciones de ofrecer a cada quien según sus necesidades y
enriquecerse con los aportes de cada quien según sus potencialidades.
Por tanto, al
referirnos a la equidad hablamos de trabajar sobre las asimetrías de base que
afectan a los estudiantes y los exponen a situaciones de vulnerabilidad dentro
del sistema, se relaciona con la igualdad que no es otra cosa que ofrecer a los
estudiantes las oportunidades de acceso, de permanencia y participación con
calidad y suficiencia, si a esto le agregamos que trabajamos con poblaciones heterogéneas
se alude a la problemática de la diversidad a la que el sistema educativo debe
dar respuestas, una diversidad que va más allá de las diferencias individuales de naturaleza cognitiva para abarcar aquellas que son de orden socioeconómico y cultural.
Finalmente, la suma de todos estos esfuerzos nos sitúa por así decirlo en el paradigma de la inclusión en el que se apunta a identificar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los estudiantes a través de la mayor participación en el aprendizaje, las culturas y las comunidades, y reduciendo la exclusión en la educación.
En definitiva, la equidad es el camino para llegar a la igualdad auténtica así como la atención a la diversidad, adaptando nuestros sistemas educativos a las características socioeconómicas y culturales de los individuos y no al revés es lo que caracteriza a la inclusión. Esto de alguna manera cambia el énfasis: del derecho a la “enseñanza” al derecho de “aprender”, que es como hoy día es entendida la educación.
Finalmente, la suma de todos estos esfuerzos nos sitúa por así decirlo en el paradigma de la inclusión en el que se apunta a identificar y responder a la diversidad de las necesidades de todos los estudiantes a través de la mayor participación en el aprendizaje, las culturas y las comunidades, y reduciendo la exclusión en la educación.
En definitiva, la equidad es el camino para llegar a la igualdad auténtica así como la atención a la diversidad, adaptando nuestros sistemas educativos a las características socioeconómicas y culturales de los individuos y no al revés es lo que caracteriza a la inclusión. Esto de alguna manera cambia el énfasis: del derecho a la “enseñanza” al derecho de “aprender”, que es como hoy día es entendida la educación.