Fue en uno de estos infernales días de enero, coincidentes con mis vacaciones y en los que me proponía por lo menos no levantarme antes de las 10, en que fui sorprendido por una llamada telefónica. Al otro lado, mi interlocutor me saludaba con aquella amabilidad de agente de créditos de cualquiera de nuestras financieras, ustedes saben, esos que te llaman en el momento más inesperado para ofrecerte un préstamo. Este sin embargo, no me ofrecía dinero a plazos, me ofrecía nada más y nada menos que integrar la lista de candidatos a cargos electivos del partido político del que formo parte desde los 18 años y al que me afilié de la manera más estúpida que todos se puedan imaginar. Sí señores, no se imaginan como lamento no haber leído antes las citas de Benjamin Franklin, especialmente aquella que recomienda discutir las cosas con alcohol pero decidir con un vaso de agua. En fin, como muchos quedé inscripto en el padrón después de una noche de juerga ofrecida en aquel entonces por los "líderes partidarios" a la juventud.
Pero bueno esa es otra historia, lo cierto es que parte de mi ego (la parte estúpida de las que les acabo de hablar) salió disparado a Júpiter por un instante hasta que la otra parte (la que pone el pan en mi mesa todos los días) se le ocurrió preguntar en qué lugar de la lista iría, y tras un corto silencio del otro lado, oí que la nominación era para ser suplente de no se quién. No pude menos que reírme de mi mismo viendo cómo se cumplía una vez más y de manera implacable aquel folklórico principio de nuestra política a través del cual los mismos camaleones de siempre van adelante quedándose con los mejores cortes, dejando la carroña para los que vienen detrás en esta interminable fila india llamada militancia en los partidos políticos tradicionales.
Mas fuera que dentro, porque en realidad jamás he ambicionado gobernar nada fuera de los límites de mi propia vida y mis libertades, a lo largo de prácticamente una década, ordenado en mis pensamientos y con la racionalidad como faro permanente, he observado desde la distancia, tibiamente como diría Nicanor, cómo numerosos jóvenes abandonan desilusionados estos grupos, armados casi siempre ante la impronta de un compromiso electoral, con la triste constatación de haber perdido su valioso tiempo o lo que es peor, la de haber sumado sus esfuerzos para el ascenso de algún caudillito que no representaba ni sus anhelos y mucho menos sus intereses. Otros en cambio, más pragmáticos que fanáticos, han hecho de la política y más específicamente de los campañas electorales su modus vivendi, dedicándose a parasitar a toda la fauna partidaria con cargo electivo o con algún zoquete que se les ponga en frente.
He aquí amigos a la política y a los políticos en su apoteosis y en su miseria. Una actividad que lamentablemente goza de la desaprobación cuasiunánime de la sociedad y en donde casi la totalidad de los actores son sujetos de dudosa capacidad y honorabilidad, lenguaraces y sin ningún talento conocido. Los más perversos, desde los inicios de la República, han venido configurando un sistema que permanece bloqueado para los mejores hijos de este país. Las listas sábanas y los nombramientos discrecionales sin concurso son dos caras opuestas de este sistema que goza de muy buena salud aún en estos tiempos "de cambio" y que permite que sujetos nefastos que no representan a nadie sigan enquistados en los cargos públicos y electivos.
Todos, cual canto de sirenas, dicen encarnar el cambio que necesita esta sociedad, tratando de engatusar a las muchedumbres pobres e ignorantes para así quedarse con una de las pocas libertades conocidas en este país: el voto. Al que también pondrán precio de ser necesario, dependiendo de la dirección que esta se proponga tomar.
El problema de los políticos de todo el mundo al igual que de los fanáticos religiosos es que en ningún momento consideran la posibilidad de estar equivocados. Y tal vez si lo están, LA FUNCIÓN DE LOS VERDADEROS POLÍTICOS aquellos dotados de una singular capacidad y una honorabilidad intachable, que dicho sea de paso es la única cualidad que les puede conferir el privilegio de ser primus inter pares (primeros entre sus pares, es decir entre nosotros), NO ES LA DE GENERAR LOS CAMBIOS, SINO REGULARLOS. "Los cambios los produce la propia dinámica interna de la sociedad civil. Se llevan acabo por medio de las decisiones libremente tomadas por millones de ciudadanos emprendedores y laboriosos que son los que espontáneamente determinan la dirección y la velocidad en la que se mueve un país o una comunidad" (Montaner, 2008).
Los políticos, ante esa incontrolable dinámica, absolutamente impredecible, solo pueden administrar y hacer reglas. Si estas reglas son acertadas, benefician a toda la sociedad, impiden los atropellos, evitan las injusticias flagrantes y consiguen facilitar la implantación de los cambios. Si se equivocan y de esto sabemos bastante, las consecuencias pueden ser totalmente negativas e incluso convertirse en un verdadero desastre.
Mi posición con respecto a que no les corresponde a los políticos la tarea de cambiar los destinos de esta y cualquier otra sociedad se fundamenta, entre otras razones, en el hecho de que en las sociedades libres nadie sabe hacia donde debe marchar la población. Esa certeza solo la tienen los dictadores.
Lo que verdaderamente cambia al mundo son los trenes, los teléfonos celulares, las computadoras, internet, los anticonceptivos, entre otras muchas innovaciones y todos ellos han salido del seno de la sociedad civil o ustedes han oído de alguna cosa que hayan inventado Magdaleno Silva o Ramonita Mendoza?
El cambio es una virtud de las sociedades libres y abiertas donde el Estado y los políticos no dirigen ni planifican sino se limitan a regular equitativamente, es decir, encontrar la forma de que el cambio beneficie de la manera más razonable y eficiente al conjunto de la sociedad y no a unos pocos, dentro de los límites que siempre impone el presupuesto. He aquí la función del estadista. Y la labor del elector, claro, consiste en identificar qué político es capaz de hacer mejor esas y otras tareas parecidas.
No es nada fácil, pero con tiempo y entrenamiento se aprende. Para comenzar deberíamos darle la espalda a grupos que aunque se dicen de acción política no son tal cosa porque no constituyen una comunidad de intereses que acciona buscando conseguir los anhelos generales de todos los integrantes, sino en los que priman los intereses de los que logran integrar la lista de candidatos; grupos que carecen de un proyecto político real o realizable a mediano o largo plazo sustentado en un ideario común, grupos sin afinidad ideológica entre sus integrantes, grupos que como dije con anterioridad se integran ante la impronta electoral y en donde el factor aglutinante es un candidato carismático, un poco de plata, unas latas de cerveza o unas petacas de caña. En segundo lugar, considero que los grupos de acción por los derechos civiles se merecen la oportunidad de nutrirse con la sabía de esta sociedad tan extraordinariamente joven y vigorosa.
En fin, lo siento muchachos, pero no solo quiero ser representado, yo quiero participar; quiero defender las libertades civiles a través de acciones efectivas y para eso no necesito de discursos vibrantes ni de arengas vanas... Vamos a dejar el sentimiento y la pasión por los colores para un domingo de clásico entre mi querido Ciclón y el Olimpia!!!

