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viernes, 22 de abril de 2011

Buscando desesperadamente a dios

     
    No se bien de cuando acá es que mi postura de decido escepticismo con respecto a las religiones se han hecho tan popular como resistida entre mis colegas, amigos y familiares. Lo cierto es que no han sido pocas las discusiones que he tenido que sostener en los últimos días por estas razones. Es curioso como la mayoría de mis allegados, católicos todos ellos, experimentan una especie de sobredosis de espiritualidad por estos días santos. Haciendo una analogía simple sería algo así como los días de monitoreo en los que todos mis colegas educadores se convierten en profesionales extraordinarios dignos todos de sendas medallas por la excelencia de sus labores. Del mismo modo, pareciera que todas las cámaras del circuito cerrado del dios judeo-cristiano-musulmán nos estuvieran observando y registrando minuciosamente todas las incidencias de nuestro andar terrenal en alguna base de datos personalizada.

     Fue justamente por estos días, en una de mis clases de Psicología en la universidad que recibí una pedrada en la frente que conmocionó profundamente mi asumido agnosticismo. No se como salimos en el tema pero lo cierto es que como de costumbre era nuevamente blanco de los innumerables cuestionamientos de mis compañeras que ejercían como podían el rol de abogados defensores del "creador de todo cuanto existe". Por lo general uno ya sabe a que atenerse cuando de personas que escuchan una misa mes de por medio se trata, sin embargo, con lo que no contaba era con la intervención de otro "cruzado", nuestra catedrática de psicología clínica, que seguramente interpelada en sus creencias cristianas, improvisó un contragolpe argumental que si bien no logró quebrantar mis convicciones por lo menos me dejó pensando todos estos días. Es que en alguna parte de su rebuscada exposición pronunció esta frase que me tocó profundamente: "Los agnósticos buscan desesperadamente a dios". 


     Mi primera reacción fue pensar que seguramente lo había escuchado en alguna parte y que lo saco de la galera para molestarme o para agredirme a mí y a todas aquellas personas que tienen ideas similares a las mías.

     A mis requerimientos nuestra profesora no supo decir en que se basaba para afirmar semejante cosa pero aquella afirmación tan tajante como radical se quedó rebotando en mi cabeza. Es curioso que haya ocurrido tal cosa porque racionalmente la afirmación no tiene fundamento. Es que los racionalistas y entre ellos caprichosamente los psicólogos y estudiantes de psicología estamos obligados a rechazar las generalizaciones y esta frase claramente caía dentro de esta categoría quedando desacreditada por ser generalizada, estereotipada e inexacta. 


     ¿Pero por qué aún con esta certeza había sido yo tan sensiblemente conmovido por lo dicho por esta señora?

     Puede que aquella conmoción haya sido simplemente algún mecanismo reactivo al que eché mano para defender mi postura, sin embargo, como se lo he dicho a cuantos quisieron escucharme: estoy en una búsqueda continua, no se si de dios, de lo que estoy seguro es que   busco entender y si ya no soy cristiano, considerándome agnóstico y no ateo, es precisamente por que pongo en duda todo aquello en lo que pienso. De lo contrario, me estaría arrogando un saber que le estaría negado al creyente y al ateo. Y eso no es justo, ni humano. 




     Por otra parte, los agnósticos podemos comprender perfectamente porqué la gente cree en dios y podemos, por un momento, imaginar que efectivamente existe algo superior. Usted profe, en cambio, no puede concebir la vida sin la existencia de dios. El solo hecho de pensar que es posible que no exista nada, le está prohibido. Se derrumbaría todo aquello en lo que cree. Lo mismo ocurre con el ateo. Él no es capaz de imaginar la posibilidad de que haya una fuerza superior omnipresente, sin derribar la muralla de su convicción.






     El agnosticismo me sigue pareciendo la alternativa más profundamente honesta, y esto no significa que me declare agnóstico toda la vida. Simplemente no sé desde dónde miraré el cielo el día de mañana.

        

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