Hace ya unos buenos años, el psicólogo canadiense Ginot tituló uno de sus libros de la misma manera y ni siquiera hace falta terminar de leerlo para tomar conciencia de las proporciones de la desgracia que constituye el acto educativo en nuestro país.
Las Naciones Unidas, a través de la UNESCO y de cuantas organizaciones internacionales coinciden en sus reiterados informes anuales que un buen sistema educativo es la llave que posibilita el desarrollo de los pueblos.
Siguiendo la misma línea nuestras clases dirigenciales no se quedan atrás y se llenan la boca de elogios hacia la noble labor de formar a las futuras generaciones, en conocimientos, habilidades y valores como el trabajo honesto, la rectitud o el respeto a las leyes y a las instituciones democráticas. Muchos de estos últimos, ni siquiera demuestran las habilidades suficientes para leer correctamente sus discursos, al tiempo que las numerosas denuncias de corrupción ponen en entredicho los valores que aparentan vivir, predican y pretenden inculcar a los ciudadanos.
Siguiendo la misma línea nuestras clases dirigenciales no se quedan atrás y se llenan la boca de elogios hacia la noble labor de formar a las futuras generaciones, en conocimientos, habilidades y valores como el trabajo honesto, la rectitud o el respeto a las leyes y a las instituciones democráticas. Muchos de estos últimos, ni siquiera demuestran las habilidades suficientes para leer correctamente sus discursos, al tiempo que las numerosas denuncias de corrupción ponen en entredicho los valores que aparentan vivir, predican y pretenden inculcar a los ciudadanos.
Por donde se la mire la educación ciertamente es una tragedia en la mayoría de nuestros países latinoamericanos, en donde casi todos los sistemas educativos han sido incapaces de vencer el determinismo y en donde los hijos de padres pobres no han conseguido escapar de la pobreza perpetuando así el estigma y reforzando la creencia de que la educación no es ninguna garantía de ascenso en la vida, o como suele sentenciarse en guaraní "ya estudiaparei".
Aquí, así como en nuestros países vecinos, la escuela trabaja de espaldas a las comunidades, como encerrada en una caja de cristal. Nuestros padres y maestros están más preocupados por las tablas de multiplicar que por las realidades socioculturales que afectan a los estudiantes en la cotidianidad. Los primeros, en su mayoría enfrascados en una lucha titánica contra la pobreza, no tienen tiempo ni les quedan fuerzas para acompañar a sus hijos en sus estudios. Para ellos el presente no solo es importante, es vital. No se puede pensar en otra cosa, lo prioritario es sobrevivir hoy y mañana ya se verá.
En este festival de buenas intensiones, donde el protagonista principal es la pobreza de solemnidad, padres, estudiantes y maestros tratamos de hacer nuestra parte como podamos, procurando no terminar sumergidos en este turbio tajamar de desidia, precariedades y limitaciones de toda clase.
Abraham Maslow, en su famosa escala de las necesidades ya hablaba de que estas se ordenaban jerárquicamente desde aquellas ligadas a la supervivencia hasta aquellas relacionadas con lo que él mismo denominó de autorealización. Lo fundamental de su planteamiento era que no podía pensarse en las necesidades de orden superior sin haber satisfecho las más elementales.
En las escuelas, los docentes nos hemos preparado para recibir a niños y niñas con sus necesidades elementales satisfechas y provenientes de familias correctamente constituídas donde un par de amorosos padres les provean de todo lo necesario para su formación integral. Esto convengamos, es lo básico que necesitamos para comenzar a trabajar.
En las escuelas, los docentes nos hemos preparado para recibir a niños y niñas con sus necesidades elementales satisfechas y provenientes de familias correctamente constituídas donde un par de amorosos padres les provean de todo lo necesario para su formación integral. Esto convengamos, es lo básico que necesitamos para comenzar a trabajar.
Sin embargo, ese pocas veces es el caso de la mayoría de los estudiantes que acuden a las escuelas de nuestro país. Lamentablemente, día a día tenemos que intentar enseñar, a chicos pobres y hambrientos, acerca del Imperio Romano y las absurdas disputas por el poder entre personajes históricos cuya voracidad y ambición solo es comparable con la de nuestros actuales parlamentarios.
Los resultados están a la vista y son simplemente aterradores. No logramos siquiera niveles decentes de retención, el primero de los objetivos de cualquier sistema educativo que pretenda llegar a algo más que no sea repetir el triste destino que depara a los estudiantes provenientes de familias pobres.
No tengo evidencias para sostener lo que voy a decir pero estoy casi seguro que son precisamente aquellos niños más pobres quienes reciben los servicios educativos de peor calidad. De esta forma como ya lo dijera Miguel Ángel Santos Guerra en uno de sus libros, estamos ante un sistema injusto que termina dándole más al que más tiene ahondando la brecha entre ricos y pobres, sellando el destino de estos últimos.
Los resultados están a la vista y son simplemente aterradores. No logramos siquiera niveles decentes de retención, el primero de los objetivos de cualquier sistema educativo que pretenda llegar a algo más que no sea repetir el triste destino que depara a los estudiantes provenientes de familias pobres.
No tengo evidencias para sostener lo que voy a decir pero estoy casi seguro que son precisamente aquellos niños más pobres quienes reciben los servicios educativos de peor calidad. De esta forma como ya lo dijera Miguel Ángel Santos Guerra en uno de sus libros, estamos ante un sistema injusto que termina dándole más al que más tiene ahondando la brecha entre ricos y pobres, sellando el destino de estos últimos.
Pero no todo debe ser gris y les pido disculpas por mi ya característico pesimismo. Les diré, por ejemplo, que en los primeros días de diciembre del año pasado me han invitado al acto de clausura de las actividades académicas de un colegio de nuestra ciudad. Al abrir la invitación me quedo gratamente sorprendido después de leer el nombre del Mejor Egresado del bachillerato, resultó ser un ex alumno mío de la época en que enseñaba el sexto grado en la ciudad de Loreto. Casi instantáneamente, mi repentino ataque de optimismo fue arrasado por otro recuerdo: casi exactamente 8 años atrás, un 10 de diciembre del año 2002, yo también salía de mi acto de graduación del profesorado de educación primaria como un mariscal con un par de medallas de oro en el pecho.
Ese día fue grandioso como el futuro que creía que me esperaba en la profesión más digna de todas. Sin embargo, "tiempo después" como diría García Marquez en una de sus novelas, cuando me encontraba ya enseñando y mientras regresaba a pie de mi trabajo porque mi moto se había descompuesto en el camino, vendría masticando una frase que la Sra. Ministra, Doña Blanca Ovelar, me había dicho aquella tarde: "El mejor profesor". Desde el primer día, me tomé eso muy en serio y en mis labores como docente hice todo lo que era posible hacer, con 20 años de edad y sin salario, para ponerme a la altura de las circunstancias. Aquella noche y a lo largo de 20 kilómetros me pregunté por qué si la educación es una tarea tan importante los estudiantes y los maestros teníamos que padecer de esa manera. Por qué a pesar de los pesares a los ojos de la sociedad no podemos ser más que un maestro'i, aún teniendo un par de títulos universitarios? O por qué seguimos percibiendo un salario 15 veces inferior al de un parlamentario bachiller?
Aún hoy, de continúo sigo escuchando elogios parecidos por mi trabajo honesto y bien realizado, sin poder evitar sentir algo de rabia mezclado con el orgullo.
Ese día fue grandioso como el futuro que creía que me esperaba en la profesión más digna de todas. Sin embargo, "tiempo después" como diría García Marquez en una de sus novelas, cuando me encontraba ya enseñando y mientras regresaba a pie de mi trabajo porque mi moto se había descompuesto en el camino, vendría masticando una frase que la Sra. Ministra, Doña Blanca Ovelar, me había dicho aquella tarde: "El mejor profesor". Desde el primer día, me tomé eso muy en serio y en mis labores como docente hice todo lo que era posible hacer, con 20 años de edad y sin salario, para ponerme a la altura de las circunstancias. Aquella noche y a lo largo de 20 kilómetros me pregunté por qué si la educación es una tarea tan importante los estudiantes y los maestros teníamos que padecer de esa manera. Por qué a pesar de los pesares a los ojos de la sociedad no podemos ser más que un maestro'i, aún teniendo un par de títulos universitarios? O por qué seguimos percibiendo un salario 15 veces inferior al de un parlamentario bachiller?
Aún hoy, de continúo sigo escuchando elogios parecidos por mi trabajo honesto y bien realizado, sin poder evitar sentir algo de rabia mezclado con el orgullo.
Mientras me ponía la camisa antes de ir al acto terminé diciéndome a mi mismo: quién soy yo para enturbiar la alegría de alguien que tal vez creyó o mejor aún, sigue creyendo en ideales similares a los de mi temprana juventud. Alguien que tal vez logre vencer el determinismo con el que nosotros continuaremos peleando varios rounds más.
Finalmente subí a mi moto tratando de convencerme de que lo prioritario es siempre "sobrevivir hoy... mañana ya se verá..."

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