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sábado, 18 de diciembre de 2010

Si tú lees, ellos leen

"La lectura es esencialmente una actividad que proporciona placer y entretenimiento; que desarrolla la creatividad y la imaginación, y que constituye un lugar posible para comprender la realidad y para modificarla. (Beatriz Actis, 2006)
Hace unos días cuando recorría las últimas páginas de Caín de José Saramago, volví a experimentar esa repetida sensación ambivalente de satisfacción ansiosa que nos enreda cuando estamos a punto de terminar un libro. Una sensación, que al menos en mí caso, se intensifica notablemente con las lecturas repetidas de un mismo título.
No exageran los que disfrutan este particular y por qué no decirlo exclusivo estilo de vida, cuando comparan un buen libro con el vino que se pone mejor con el paso del tiempo. Ciertamente la lectura se hace más sustanciosa, atrapante y deliciosa con el paso del tiempo y el repaso de los títulos ya leídos porque aquellos libros que leemos más de una vez son los que de alguna forma nos han marcado.
A diferencia de lo que muchos creen no leemos libros para poseer los conocimientos o ideas que estos contienen. Un hombre no tiene muchos libros leídos sino todo lo contrario muchos libros leídos lo tienen a él. Nos construimos como personas gracias a las experiencias vividas a lo largo del tiempo y nuestro pensamiento no es otra cosa que la síntesis de las lecturas hechas en el camino. Esto es lo que los especialistas definen como teorías implícitas y que configuran la totalidad de nuestra conducta.
Es en este tren de cosas que el ejercicio literario cumple un papel fundamental en formación del pensamiento y de esas teorías implícitas. Es a mi modo de ver, la única actividad capaz de aportar esa dosis de diversidad al imaginario colectivo, tan necesaria para no solo repetir pautas culturales ancestrales que no hacen otra cosa que eternizar el statu quo.
La lectura de obras nacionales, primero, y luego de los clásicos universales es ese espacio que aun debe hacerse posible en los hogares y en las escuelas para comprender la realidad y participar activamente para modificarla como nos decía Beatriz Actis.
No tengo nada en contra de nuestro estilo cultural y su extraordinaria riqueza, sin embargo aún así sigo pensando que nos esforzamos demasiado por encerrarnos cada vez más con el pretexto de conservar nuestra identidad haciendo que en ese esfuerzo perdamos la oportunidad de  beneficiarnos con la diversidad que constituye el germen del que han nacido y se han fortalecido las democracias occidentales más exitosas. 
Son muchos los cuerdos argumentos que se pueden esgrimir a favor de la promoción de la lectura en una sociedad semianalfabeta como la nuestra, sin embargo, el número de lectores no pasa de 2 mil personas, ni siquiera llegamos a los 6 mil de Larissa Riquelme, otra a quien le hubiera ido mucho mejor si por lo menos le hubiera echado un vistazo a la Biblia de su casa.

Suelo observar con tristeza que a pesar de la necesidad no existe ninguna política de promoción del hábito lector en nuestras comunidades, ni siquiera en nuestras escuelas, donde los libros, con excepción de los escolares, siguen siendo objetos inútiles. Algunos dicen que son demasiado caros, pero conozco gente que paga sin regatear 600 mil guaraníes por un par de zapatos que solo usarán una vez, mientras que en las librerías hay ofertas desde 30 mil guaraníes.

Otra arista muy llamativa de esta problemática es que en Paraguay son contadísimas las personas que tienen el hábito de regalar libros, es más, ni siquiera los propietarios de las librerías esperan vender títulos en los días festivos y por tanto ni se molestan en hacer promociones. Jamás olvidaré lo que me dijo una vendedora de una conocida librería de nuestra ciudad cuando en la víspera del día de los amigos fui a buscar un regalito para mi amiga invisible. Cuando pregunté por los libros la señorita que me atendió sin inmutarse me espetó en la cara que los habían quitado todos para colocar en su lugar unos peluches. Por un momento sentí el impulso de salir a la calle para cerciorarme de que no me había metido por equivocación a una carnicería. Está demás decir que todos los demás clientes que me veían con el libro en la mano me miraban como si tuviera en la frente la marca de la bestia. De regreso pensé en toda la gente rara de este mundo: hay gente que toma su orín, que tienen hijos con sus hijas... yo solo leo libros ¿qué hay de raro en eso para que me miren así?
En fin, mientras termino este escrito ya tengo en mente el siguiente título que voy a leer aprovechando la pausa navideña: Un Cuento de Navidad de Dickens. Una novelita corta y verdaderamente reflexiva para contrarrestar "Navidad sin ti" de Marco Antonio Solis y los deprimentes saludos desde España.
Y aunque no creo en la llegada de un niño dios sin acta de nacimiento ni evidencia alguna de que haya estado en algún lado (para mí que todo esto tiene más que ver con un gigantesca orgía romana que con una fiesta religiosa), les deseo a todos felices fiestas... Y regalen libros o pídanselos a "Santa"...
  

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